jueves, 21 de abril de 2011

Anochece en la capital I

Que felices fueron nuestros primeros años juntos en la capital. París se abría ante nosotros en un mundo de luces y sueños. Me acuerdo de aquel 24 de diciembre con total claridad a pesar del paso de 20 años que me separa de él.
Caminaba yo por la Rue de la Coutellerie en un invierno con mucho frío y nieve. Nieve que dificultaba mi paso realentizándome. -Contaba yo por aquel entonces con 22 primaveras, hacía apenas dos meses que me había mudado a París para estudiar arte en su famosa universidad.- De repente divisé a lo lejos la cara de un chico que se ocultaba tras su capucha. No sé que fue, pero algo sentí. Seguimos caminando y algo en mi esperaba nuestro cruce.  Cuando nuestros alientos se encontraron vi una lágrima caer al suelo que no pudiste detener. No sé que me impulsó a ello, no sé que se me pasó en ese momento por la cabeza, -aunque lo más probable es que no haya sido nada.- Pero te grité que me esperaras. Levantaste la cabeza descubriendo tu precioso rostro que me enamoró en ese instante ya.
-¿Qué te ocurre?- Creo que si dije eso fue porque no sabía que más hacer. Tal vez hubiera metido la pata o tal vez no. Tras el incómodo silencio que me obligó a pensar una disculpa rápida tus piernas recorrieron el espacio que nos separaba y me rodeaste con los brazos. Me quedé atónita, era una de esas veces que no sabía lo que se debiera hacer pues no se enseñaba en ningún colegio.
-Sólo esa pregunta.- No pude más y me uní al abrazo, lancé mi bolso al frío suelo y te abracé. No sé si fueron segundos, minutos o horas pero en mi cabeza ese abrazo sigue durando y espero que dure durante mucho tiempo, al menos hasta el ocaso.
Cuando levantaste la cabeza me propusiste el tomar algo y sin dudarlo un segundo acepté.
Me llevaste de la mano a un pequeño bar cercano, durante el camino te reías de mi pésimo francés y tu sonrisa no se borró en ningún momento. Llegamos al bar y pedimos unas copas, tu Martini, agitado, no revuelto, como el famoso James Bond, no te puedes imaginar la gracia que me hicieron esas palabras y a día de hoy no sé si lo hiciste por costumbre o por sacarme una sonrisa, de igual manera, supe que eras especial. por supuesto, yo sin embargo preferí el Baileys, clásico y elegante.
- A propósito, ¿A qué nombre respondes?- Esa era yo.
-Al de Aaron, ¿Y vos?
-Al de Aya. Y dígame Aaron, ¿A qué se debe el motivo de tu tristeza?
-Al reciente entierro de mi madre.- Tu cara tornó sombría, pero cuando más debía desaparecer ese calor que me embriagaba más necesidad tenía de él. Ya de hacer una locura hagámosla completa. Apreté mis nudillos, y acerqué mi cara a la tuya esperando respuesta. Tus ojos tristes se volvieron a iluminar, y en el momento que tus labios rozaron los míos me envenenaste. Y digo me envenenaste pues considero la droga veneno y ahora no puedo olvidar ese surco, esa figura tan bien dibujada debajo de tu nariz.

2 comentarios:

  1. [Tus ojos tristes se volvieron a iluminar, y en el momento que tus labios rozaron los míos me envenenaste] ¡Me encanto! Un besito mi amor (:

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  2. jajaja Mil Gracias, conque a alguien le guste, ya estoy contenta.

    Un Beso <3

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