miércoles, 20 de abril de 2011

Cerezas

El tintineo de las dos cerezas que se columpiaban de mis oídos emitían un sonido sólo comparable al del canto de un ave. Apagado pero dulce, apetitoso, sensual. Con cuidado sentí tus brazos rodearme la cintura. Tu cara en mi pelo, tu aliento en mi cuello. Ruborizada mi cara se posó en tu hombro y entre silenciosas risas mi pierna sucumbió ante tus manos, mi mirada ante tus ojos, mi nariz ante tu olfato y una cereza ante tus labios. Con rabia por no ser yo y ansias de conseguirlo, mi boca se unió a ella. Inevitable. Ausente de mi misma.

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