sábado, 21 de enero de 2012

Era un mal día, ganas de nada, añoranza de todo. Un día para el recuerdo, un día de lloros y risas, algunos vuelven y te das cuenta que otros se van, que se acabó, todo lo que había conocido tocaba fin un precioso e inútil 14 de septiembre. ¿Y ahora? El destino parecía yacer dormido hacía tiempo, sin sobresaltos ni sorpresas dignas a destacar.
Un mundo falaz calló de rodillas ante la majestuosidad de tu ser, y con él, mi destino. Esta vida quiso juntarnos en la misma habitación, enredar el sino de nuestra mirada impaciente, insaciable de aquello que quizás nos llevaría aún la vida  en su búsqueda, o tal vez, se hallaba oculto tras el dulce aroma de una boca improbable de ser testada por mis labios ahora ya fogosos. Una flecha semejante al halo, el cual me tocó al nacer y tendré hasta perecer en su seno, una oportunidad, una elección, una respuesta a mil preguntas, mas un fallo y se acabó, el deseo insaciado una vez más, y el dolor que se prolongaría por mis días hasta el último de todos. Mas si yerro, no sería grande el extravío pues mi fenecer en ti, no halla dolor alguno. Y la victoria pudiere significar la carta blanca de la niebla y de la muerte. La rendición completa de mi pasado que desea con su alma el anegar mi presente y plantar en él, de nuevo la semilla que deriva del odio. Tu nombre palpaba yo en el aire, en la brisa que soplaba preciosa haciéndome el favor de hacer contacto entre ambos, la añoranza tenía himno hoy, tu nombre, mi Mesías. Y disparé desde mis entrañas la flecha de mi sino y bloqueé mis sentidos buscando las mil respuestas prometidas a la pregunta ya formulada. ¿Y ahora? Los ángeles debieron verme. Y compadeciéronse de mi, pues me entregaron mi vida de regalo por nada, o tal vez, por los 16 años anteriores esperando el momento en el que al fin pudiera ser la protagonista de mi vida. En cualquier caso, mi tacto caprichoso quiso hacerse con un trozo de ti y así se prolongó hasta tu alma y tentó tu ser desde lo más puro del humano. Aquello invisible salvo para los enamorados, cuyo don les permite observar cuan que los ojos añoran. Y en mi caso, pudieran arrancarme los iris y mi gozo no yaciera derrocado aún por la tragedia, pues más tragedia que no sentirte no hay, y si mis ojos desean ocultarse cobardes por miedo a ser cegados por la luz de tu mirada, que se tapen con el velo de mis párpados, que el tacto, el bello tacto, jamas me dejará caer en el abismo de tu ausencia, y mi mente, mi mente grita que os ama.

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